Hace unas semanas reflexionábamos en nuestro LinkedIn sobre el resultado de las elecciones estadounidenses del pasado 3 de noviembre y sobre el papel que habían jugado redes sociales como Facebook y Twitter en todo el proceso, antes, durante y después. Se enfrentaban al enorme reto de salvaguardar sus plataformas del ataque de las fake news o del intento de poner en tela de juicio los resultados electorales de una de las democracias más consolidadas del mundo.

Sin censurar explícitamente el contenido, Facebook y Twitter se apresuraron a regar de advertencias el timeline de Donald Trump aquellos días. Pero claro, desde el 3 de noviembre han pasado muchas cosas, entre ellas un asalto al Capitolio tras la arenga de un presidente que está de salida pero que sigue clamando una justicia que la propia justicia ha considerado, muchas veces, garantizada. 

Han pasado muchas cosas. Lo que hoy nos ocupa es la inédita decisión de Mark Zuckerberg y Jack Dorsey de suspender de forma irrevocable las cuentas utilizadas por Trump para lanzar a lo largo de estos últimos cuatro años todo tipo de mensajes capaces de polarizar a la opinión púbica estadounidense y mundial hasta límites insospechados. No hay más Trump en Twitter, ni en Facebook. Se acabó.

Hay quien está tratando de convencer de que esto es un ejercicio de censura. En realidad, y alejándonos del debate político, hay que diferenciar muy bien entre un ataque a la libertad de expresión, que es en realidad lo que hace la censura, y el incumplimiento de los términos y condiciones de un servicio que te otorga un derecho, y a su vez unas obligaciones. Trump puede salir hoy a la calle y decir lo que le plazca, nadie le va a censurar, pero en Twitter y Facebook ya no podrá escribir lo que le plazca, puesto que ha incumplido (no sé ni cuántas veces) los términos y condiciones de las propias plataformas. Esto es así. El debate es antiguo y generalizado. Cualquier usuario que suba una foto de un cuerpo desnudo a su Instagram, por ejemplo, verá cómo se cancela su publicación e incluso se verá expuesto a un bloqueo temporal de su cuenta, ya sea ofensivo, pornográfico, artístico o casual. ¿Es esto un ataque a la libertad de expresión? No. ¿Es delito un cuerpo desnudo? Rotundamente no. Pero sí es un incumplimiento de los términos y condiciones del servicio. Nos guste más o menos la norma, ya la has aceptado libremente al dar de alta tu cuenta.

Pero hay algo aún más importante que debemos tener en cuenta a nivel profesional y social. Las políticas internas que todos aceptamos por el simple y mero hecho de crearnos una cuenta en cualquier red social imponen unas reglas que todos debemos cumplir. Y estas reglas existen porque, desde el punto de vista de la propia publicidad, creatividad y estrategia de contenidos para las marcas, creadores y usuarios, son buenas. Si Twitter y Facebook tienen políticas anti-hate speech es porque también es bueno para el negocio. Nadie quiere estar en una red social donde se cuentan mentiras o se fomenta el odio, el racismo, la pedofilia o la estafa. Siendo conscientes de que no vivimos en un paraíso blanco y puro, los anunciantes y las marcas en general confían en el alcance de Facebook o Twitter porque son espacios donde los usuarios y potenciales clientes debaten, contactan con amigos y familias, aprenden, emprenden, trabajan o desarrollan amistades, entre otras muchas cosas. 

En los últimos tiempos varios responsables de marketing de empresas han expresado en los medios de comunicación y en petit comité sus dudas acerca de la idoneidad de “hablar” en una red social donde el común denominador es la bronca, la mentira o la enajenación mental. Y es una lástima perder oportunidades de impacto relevante a los usuarios por tener más o menos escrúpulos con una cuenta de un presidente estadounidense al que siguen la friolera de 88 millones de personas y cuya capacidad de movilización le hace especialmente relevante, para bien y para mal. Puede uno estar o no de acuerdo con los términos y condiciones del servicio que aplican las redes sociales, pero si juegas el partido, debes hacerlo bajo esas reglas. Si te las saltas, no tienes derecho luego a decir que lo que sufres es censura. Seamos consecuentes.

Por último, romper una lanza en favor de Facebook y Twitter que, a lo largo de estos cuatro años, han demostrado paciencia y garantismo. Han avisado por activa y por pasiva y han puesto por encima de casi todo la libertad de expresión y la información de utilidad de sus plataformas. Por encima incluso de las mentiras y el odio. No se les puede acusar ahora de censores. Esto no va a terminar con la polarización de las redes, es evidente, pero siempre le pedimos a las marcas que sean valientes, que tomen partido, que decidan de qué lado están, que arriesguen para ganar. Es hora de pedírselo también a las plataformas en las que esas marcas valientes se anuncian. 

– Nacho Serrano – 

Head of Social Content